La contraposición entre ambos autores es evidente, pero más importante aún, permite ejemplificar la contradicción que atraviesa el debate político y social boliviano de principios de siglo, y que por supuesto se puede ver reflejado también, en las visiones estéticas que alimentan las artes y las letras de ese periodo. Quizá una de las mejores expresiones de la literatura boliviana para reflejar esta situación, es escrita por Medinaceli en el estudio crítico que realiza sobre la novela de J. E. Guerra "El alto de las ánimas" de 1919: para Medinaceli la personalidad del protagonista de dicha novela es un símbolo "que conviene a un grupo de la sociedad boliviana… Y la razón de este símbolo hay que buscarla en la historia del desarrollo social de Bolivia. Pasa ésta hoy por una etapa de transición" donde "la antigua aristocracia que no quería ceder sus prerrogativas y se atrincheraba en la tradición, fue arrollada por el nuevo estado de cosas, la naciente democrática, que se coloca en pugna contra los prejuicios de la tradición y de las jerarquías sociales… Los que en el nuevo orden resultaron más aptos para prosperar fueron los que por su mismo hibridismo étnico, se aconsonantaban con el hibridismo democrático de la nueva república". Para concluir Medinaceli reflexiona "En el héroe de ‘El alto de las ánimas’, se evidencian las divergencias étnicas y psíquicas de la sociedad boliviana y la atormentada individualidad del protagonista no reconoce otra cosa. Bolivia, si geográfica y políticamente, constituye ‘una nación’, socialmente aun no lo es. En nosotros no existen sentimientos de solidaridad social, pues la base de ésta es la similitud de caracteres y la unidad de origen y aspiraciones… Será necesario que desaparezcan todas ellas por cruzamiento e inmigración a fin de que nazca entonces el verdadero tipo nacional y Bolivia adquiera personalidad propia, base suficiente de todo progreso" (1938:p.136-137).
Este proceso histórico que Medinaceli ve simbolizado en la personalidad del protagonista de "El alto de las ánimas", ilustra perfectamente el modo en que el debate político y social boliviano se representa en las artes bolivianas del periodo, y de hecho, observamos la necesidad de aplicar el modelo analítico de Medinaceli para enfocar el sentido simbólico que poseen las otras expresiones artísticas que surgen en este contexto. Si bien no se puede hablar de una postura homogénea que atraviese las artes de principios de siglo XX, el movimiento cultural potosino del que él mismo Medinaceli forma parte, y que se articula alrededor de los grupos "Gesta Bárbara" y el "Círculo de Bellas Artes", constituyen un referente del proyecto de construcción nacional en tanto asumen una estética que visibiliza la importante presencia de las culturas indígenas en nuestro país, y es justamente ahí, donde emergen las primeras expresiones de lo que podríamos denominar la "estética musical nacional", a partir de las composiciones de Simeón Roncal y los músicos de su generación, como escribe Armando Alba "… valiosa ha sido la obra del grupo de Roncal (Valda, Lavadenz, Solares y Zárate) en la historia musical propia de Bolivia. El tiempo nos da la razón y ya vimos la evidencia de que nuestra música popular auténtica y nuestro riquísimo folclore, tiene abierto un porvenir venturoso… Roncal no sobresalía solamente por su dominio en el instrumento y la suficiencia técnica, sino que puso en sus piezas, el hondo y admirable caudal del sentimiento popular, en sus expresiones más sinceras y recónditas" (1970:p.22-24).
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