En épocas pasadas, el pe-pino fue propio de salones y de gente elegante, no se sa-be las causas, pero descen-dió socialmente hasta que llegó a las clases populares y de barrio, hoy día pocas son las personas que se animan a vestir de pepino, solamente algunas fraternidades se or-ganizan y forman tropas ele-gantes con este personaje singular.
El pepino divierte tanto a los niños como a personas mayores, amparado en el incógnito en que se encuentra, solo tiene visible las manos, habla con voz de falsete y molesta con su matasuegra o un chorizo (una bolsa delgada, rellena de trapos), a las chicas y cholitas a las que embadurna con harina y mixtura y de yapa unos tre-mendos garrotazos con la matasuegra (tira de cartón, doblado varias veces, que lasti-ma y hace bastante ruido al golpear).
Hasta mediados del siglo pasado, era el alma del carnaval paceño; grita, baila, sal-ta, molesta y se da reverendos porrazos que no le hacen mella, se incorpora y con-tinúa corriendo, repartiendo siempre garro-tazos.
El traje de pepino es muy parecido al de los payasos, es bastante ancho, general-mente de dos colores brillantes, un cuello encarrujado y botones grandes en la parte delantera. Lleva cascabeles en los puños y en los tobillos, que al correr suenan alegre y acompasa los pasos.
La máscara es graciosa, está hecha de tela aprensada y dividida en dos colores, lleva enormes cejas de lana, ojos saltones, orejas de cartón, nariz saliente en punta y ostenta una amplia y pícara sonrisa.
El pepino anda solo, a veces en grupos, molestando con preferencia a las mucha-chas, especialmente a las cholitas, que son víctimas propicias para sus tundas a garrotazos y llenarlas en la cabellera tanta harina como mixtura se pueda, En sus co-rrerías son seguidos por chiquillos que les gritan: Pepino. . . chorizo. . . sin calzón. . .
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